En un mundo de grises

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He pensado que quizá deberías irte. Entrar una última vez y desordenarlo todo por completo. Ya me encargo yo de acostumbrarme, si es que puedo. Porque sigo pensando que la intención sólo cuenta historias tristes. Que nos ilusiona como se engordan a los cerdos antes de matarlos. Pero es que siempre piensas “No va a dolerme”. Y a mitad de camino, cuando ya has perdido la cuenta de las sonrisas de las que no puedes acordarte, te das cuenta de que estás tan cansado que te importa una mierda si el destino depara más heridas o si va a terminar cruzándote con alguien que te bese como haciéndote la reanimación cardio-respiratoria. Fue la curiosidad, ¿sabes?, la que nos mató, o la que al menos nos acercó el precipicio. ¿Por qué coño si no íbamos dos personas cuerdas a amar tan locamente? Como si fuese sano prestarle más atención a los orgasmos de alguien que a tu propia conciencia. No te confundas, yo sé que hacía mal al no escucharme, pero es que siempre me resultó más bonito callarme a tu lado que quedarme con ganas de gritar cuando te ibas. Y he estado así los últimos años, como queriendo decirte que no encontré en el amor sino una excusa para no darle tanta importancia a la vida. Porque no le encuentro ningún puto sentido a levantarme por la mañana si, en algún lugar del mundo, no tan lejos como me gustaría, tú sólo estás deseando pasarte todo el día con alguien en la cama. Alguien que no soy yo, claro. No iba a tener más suerte de la que ya nos juntó una vez, aunque luego nos cobrase tarifas demasiado altas por terminar jodiéndonos. Pero es que nadie recuerda que la felicidad es una forma cruel que tiene la tristeza de apuñalarnos por la espalda. Que ni el bueno era tan bueno, ni el malo era tan malo. Y que aquello que pensamos que iba a solucionarnos las heridas, no fue otra cosa que esa calma a la que preceden las peores tormentas. Pero siempre es más fácil vivir con los ojos cerrados, ignorando que la mierda nos llega hasta el cuello y que ni todo el amor del mundo podría encontrarnos antes de que nos quedásemos sin ganas de llegar a alguna parte.

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