Perdí el miedo

niñas

“Al feminismo no entré, me entró:
entró en mis libros, en mi cama,en mis insomnios. Perdí mi casa, mi trabajo, mi novio.
Mis amigos comenzaron a mirarme raro, soportaba cada vez menos los eventos familiares, me molestaba todo lo que antes me hacía sentir segura.
Empecé a dudar cada vez que me sentía cómoda. Empecé a vivir en un estado de crítica constante, de eterna suspicacia. No volví a tener una certeza nunca más.
El feminismo no es complejo, es desgarrador, es implacable. Cuando se mira, ya no se puede dejar de ver.
Me dicen que soy radical y pienso ¿cómo puedo ser feminista a medias? Yo no quiero cambiar el mundo. Quiero destruirlo y hacer otro nuevo. Aspiro a esa libertad que todavía no conocemos. No tenemos referentes. Para saltar al vacío, sólo contamos con nosotras mismas y lo que nuestras ancestras tienen para decirnos. 
Hoy tengo trabajo, voy al supermercado, disfruto lo que queda de este mundo. Me emborracho y me drogo con frecuencia pero vivo en una casa, pago mis cuentas y hablo con la gente cosas cotidianas, trato de no llamar demasiado la atención. Me cuido. No sirvo deprimida, ni muerta, ni presa, ni encerrada en un manicomio, que es donde el sistema nos confina, ahora que ya no se estila quemarnos. 
El feminismo me cagó la vida y lo agradezco. En realidad, lo único que perdí fue el miedo”.

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